En Defensa del Marxismo

León Trotsky

1940: Una discusión al interior de la IV Internacional sobre el carácter de la URSS

“… Pero supongamos que Hitler apunta sus cañones contra el Este e invade territorios ocupados por el Ejército Rojo (…) Al mismo tiempo que, con sus armas en la mano, asestan golpes contra Hitler, los bolcheviques-leninistas deberán, al mismo tiempo, hacer propaganda revolucionaria contra Stalin preparando su derrocamiento para la próxima y, tal vez, muy cercana etapa.

Este tipo de ‘defensa de la URSS’ naturalmente diferirá, como el cielo de la tierra, de la defensa oficial que ahora es llevada a cabo bajo el lema: ‘¡Por la patria! Por Stalin”’. Nuestra defensa de la URSS se plantea bajo el lema: ‘¡Por el Socialismo! ¡Por la Revolución Mundial! ¡Contra Stalin!...

Esta edición incluye el Manifiesto de la IV Internacional sobre la Guerra Imperialista 
y la Revolución Proletaria mundial

 

PROLOGO A LA EDICIÓN POR CARLOS MUNZER

 

La actualidad del combate contra el revisionismo en el marxismo

 

 

 “La IV Internacional no busca ni inventa panaceas. Se mantiene por completo en el marxismo como única doctrina revolucionaria que permite comprender la realidad, descubrir las causas de las derrotas y preparar conscientemente la victoria. La IV Internacional continúa la tradición del bolchevismo que por primera vez mostró al proletariado cómo conquistar el poder. La IV Internacional desecha a los curanderos, charlatanes y profesores de moral. En una sociedad basada en la explotación, la moral suprema es la de la revolución socialista.

Trotsky, León. Programa de Transición, 1938.

 

 

La Editorial Socialista Rudolph Klement presenta en esta ocasión En defensa del marxismo, una compilación de cartas y escritos de León Trotsky producidos entre 1939 y 1940. Estos textos dan cuenta de una dura lucha fraccional al interior de la Cuarta Internacional, contra una fracción cuyos dirigentes principales fueron Burnham, Shachtman y Abern, miembros del SWP norteamericano (Socialist Workers Party, Partido Socialista de los Trabajadores). Ésta era una de las secciones más importantes de la Cuarta Internacional, la norteamericana, con inserción en la clase obrera estadounidense.

Este trabajo que aquí presentamos al lector consiste en una lucha decisiva contra el revisionismo en el marxismo, de las muchas que dio León Trotsky a lo largo de su vida.

 

Editamos este volumen hoy, en el año 2017, al cumplirse el centenario de la revolución rusa. Esta obra, que concentra la posición de los trotskistas ante la degeneración del primer estado obrero de la historia, es el mejor homenaje que le podemos rendir a dicha revolución, que fuera expropiada y mancillada por la burocracia stalinista, aquella excrecencia del estado obrero.

Los trotskistas lucharon contra esa burocracia desarrollando un combate para derrotarla con la revolución política, para así volver a poner a la URSS como bastión de la revolución mundial. Revolución política que, como tal, era parte de una única revolución socialista internacional.

Presentamos esta obra entonces como un homenaje a la revolución rusa y al combate dado por los trotskistas en los ‘30 por defender sus conquistas, luchando contra la burocracia stalinista que a cada paso las destruía.

 

A fines del siglo XX, en el año 1989, la burocracia stalinista consumaba la restauración capitalista. Lo pudo hacer luego de derrotar y traicionar las distintas oleadas revolucionarias que en occidente diera el proletariado mundial. Asimismo, la burocracia huía espantada de los grandes combates que dio el proletariado de los estados obreros del este europeo contra los privilegios que ella tenía, su parasitismo y régimen de terror, como sucedió en Hungría, Checoslovaquia, Polonia y en la misma URSS.

La burocracia, entregando los estados obreros al imperialismo, devino en nueva clase poseedora al interior de la URSS y del resto de los estados obreros conquistados en la segunda posguerra.

Se dio de esta forma el pronóstico de la Cuarta Internacional: o triunfaba una revolución política que derrotara a la burocracia, o ésta, como agente del imperialismo al interior del estado obrero, liquidaba las conquistas de la revolución y devenía en nueva burguesía.

 

Para los bolcheviques de la III Internacional, la dictadura del proletariado significaba un corto período de tiempo, de transición hacia la conquista del socialismo como victoria de la revolución socialista internacional.

Para el marxismo, la única posibilidad de conquistar el socialismo, es decir, un sistema donde se otorgue “a cada uno según lo que produce”, es tomando el poder en los países capitalistas de mayor desarrollo de fuerzas productivas. De allí que los bolcheviques plantearan que cambiaban la revolución rusa por la victoria de la revolución alemana y dedicaran todas sus fuerzas en poner en pie la III Internacional.

Plantearon que Rusia podía llegar primero a la toma del poder, pero le iba a costar un millón de veces más llegar al socialismo -y estaba amenazado su futuro- si no triunfaba la revolución en Europa.

 

El marxismo revolucionario definió la dictadura del proletariado como el régimen donde se imponen los intereses de la clase obrera y sus aliados, los sectores empobrecidos de las clases medias, sobre los intereses de los capitalistas.

Pero este corto período de tiempo que había pronosticado el marxismo revolucionario para la dictadura del proletariado no fue tal en los hechos. No triunfó la revolución europea, la alemana en particular. El estado obrero quedó aislado. No se conquistó una productividad del trabajo semejante que arrojara un excedente de producción capaz de satisfacer todas las necesidades de las masas del estado obrero. Es que ello jamás podía alcanzarse en un solo país, y mucho menos en un país capitalista atrasado, como lo era Rusia al triunfar la revolución obrera. Surgió entonces una poderosa burocracia, devenida cada vez más en agente de la burguesía mundial al interior de dicho estado.

 

La sobrevida de la URSS no se debió al vigor de un estado obrero aislado, con sus fuerzas productivas encorsetadas en un solo país y que fueran llevadas a la peor crisis en una economía mundo controlada por el imperialismo. Si la URSS y sus conquistas se mantuvieron no fue tampoco por la burocracia stalinista, que “defendiendo el estado obrero” a su manera, es decir defendiendo sus intereses de casta burocrática, lo hundía día a día, traicionando la revolución mundial. La URSS vigilada por la burocracia, el agente del imperialismo a su interior, pudo mantener las conquistas de la revolución de octubre gracias a los enormes combates del proletariado soviético e internacional.

El stalinismo no pudo rendirse -aunque lo quiso hacer mil veces- ante el fascismo de Hitler, ni ante el “frente democrático” imperialista de la Segunda Guerra Mundial de Churchill y Roosevelt, de los cuales fue un vil sirviente. El proletariado soviético no permitió que suceda. Pero no hizo esto porque defendiera a la camarilla de Stalin, que mostró toda su cobardía antes y durante la guerra en los choques militares con el ejército alemán. El proletariado soviético lo que defendía eran sus conquistas: la propiedad nacionalizada, las condiciones de vida que había conquistado. Por eso entregó 20 millones de muertos en el campo de batalla.

Esta experiencia histórica y heroica del proletariado internacional y soviético durante la guerra dio el veredicto a favor del combate dado por Trotsky contra la corriente pequeñoburguesa liquidacionista del SWP, que ya no veía en los ‘30 ninguna conquista que defender en la URSS.

El proletariado soviético, por el contrario, sí vio conquistas por defender, y al hacerlo, durante la Segunda Guerra Mundial le dio la posibilidad al proletariado europeo de tomar el poder en toda Europa, llegando a las puertas mismas de Berlín. Si éste no lo logró fue por la traición alevosa del stalinismo, que desarmó a las masas de Italia, de Grecia, de Francia y le entregó el poder a la burguesía. El stalinismo junto al imperialismo, levantó un muro en Berlin para que toda Alemania no cayera en manos de la clase obrera, y para pactar con éste ser quien controlara a las masas desde allí hasta las estepas rusas. Gracias al stalinismo se sobrevivió así el sistema capitalista mundial a la salida de la segunda guerra.

Visto desde el siglo XXI lo acontecido en 1989 adquiere mayor nitidez. En aquel momento el proletariado soviético no dio un combate contra la restauración capitalista, puesto que ya no tenía conquistas que defender. La burocracia las había entregado, junto a las revoluciones de occidente. Había llevado a los estados obreros a la peor de las crisis de endeudamiento, subproducción, subconsumo. Mientras, otros sectores del stalinismo, como en China, se anticipaban a la catástrofe y entregaban zonas enteras y a amplios sectores de su clase obrera para ser superexplotados en las fábricas-cárcel de las transnacionales.

La dictadura del proletariado en la URSS, bajo el régimen de la burocracia stalinista, entonces, se extendió en el tiempo. Lo que permitió esta “anomalía” fue también que el proletariado de occidente, a la salida de la Segunda Guerra Mundial, tuvo al imperialismo a punta de bayoneta en los países centrales. Esto le impidió al imperialismo largar una contraofensiva decidida sobre la URSS y aplastar los triunfos revolucionarios que como en China, Corea y Vietnam se desarrollaron en la segunda mitad del siglo XX.

Si la burocracia soviética no pudo entregar los estados obreros en la inmediata posguerra fue porque la clase obrera del Pacífico, en China y Corea, le dio enormes palizas y golpes al imperialismo japonés y luego a EEUU. Lo mismo hizo luego en Cuba y Vietnam.

 

En el período 68/74 un ascenso generalizado del movimiento obrero mundial combinó combates revolucionarios en los países imperialistas, en el mundo semicolonial y al interior mismo de los estados obreros, que amenazaron el poder de la burocracia y del imperialismo en el planeta.

Las traiciones a este ascenso revolucionario de masas son las que luego crearon las condiciones para una verdadera contraofensiva del imperialismo, y para que la burocracia termine de pasarse como su agente directo y entregue los estados obreros.

 

La verdadera anomalía que se dio fue que el marxismo no previó que fuera tan persistente, eficaz, heroico e indomable el ascenso del movimiento obrero mundial. Éste le dio mil y una oportunidades al marxismo revolucionario en el siglo XX para impedir la catástrofe que significó la caída de la URSS en el ‘89, no bien las masas fueron sacadas de escena a nivel internacional.

A la vez confirmó que sin dirección revolucionaria al frente no solamente no se puede alcanzar la victoria, sino que además, aunque se alcancen conquistas parciales -inclusive la toma del poder en países aislados- éstas se pierden.

 

***

 

Presentamos entonces este trabajo, que da cuenta de la última gran batalla teórica, estratégica y programática dada por Trotsky en la Cuarta Internacional contra una fracción pequeñoburguesa del SWP norteamericano que no dejaba piedra sobre piedra del marxismo. La cuestión rusa había sido un test ácido clave alrededor del cual se definieron las trincheras de reforma y revolución en todo el siglo XX.

Esta discusión y la lucha por la dictadura del proletariado es parte de un debate encarnizado entre marxismo y revisionismo, que se desarrolla en pleno siglo XXI entre los que reniegan de ella y luchan porque no quede ni rastro de esas conquistas en la conciencia del proletariado; y quienes decimos y afirmamos que hay que volver a intentarlo. Es que sin la victoria de nuevas revoluciones socialistas, el proletariado y la civilización humana toda está destinada a la barbarie, es decir, al fascismo y nuevas guerras.

 

En esta batalla teórica contra una corriente pequeñoburguesa al interior del SWP norteamericano, que negaba la lucha por la defensa de las conquistas de la Revolución de Octubre, el trotskismo desarrolla hasta el final su teoría de la revolución permanente. Esta teoría se expresó plena y programáticamente en el Programa de Transición y su capítulo de la lucha por la revolución política en los estados obreros, como así también en el “Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial”, con el cual el trotskismo preparó al partido mundial de la revolución socialista frente a la guerra, donde estaba en cuestión la subsistencia misma de la URSS. Es que en dicha guerra se definía no solamente qué potencia imperialista quedaba como dominante en el planeta, sino también cuál de ellas se quedaría con la URSS.

Lo que ponía en cuestión la subsistencia de la conquista, es decir de la URSS, era la necesidad del imperialismo de arrebatarla y las traiciones de la burocracia al proletariado mundial, como en la Guerra Civil Española, en Francia, en la lucha contra el fascismo en Alemania, etc.

 

En el "Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial", Trotsky insiste en el combate por la defensa de las conquistas del estado obrero como punto de partida de todo paso hacia adelante del proletariado internacional. Allí se plantea:

“Es cierto que la nacionalización de los medios de producción en un país, y más si se trata de un país atrasado, no garantiza todavía la construcción del socialismo. Pero puede avanzar en el requisito fundamental del socialismo, es decir el desarrollo planificado de las fuerzas productivas. No tomar en cuenta la nacionalización de los medios de producción en función de que por sí misma no asegura el bienestar de las masas es lo mismo que condenar a la destrucción un cimiento de granito en función de que es imposible vivir sin paredes y sin techo. El obrero con conciencia de clase sabe que es imposible lograr éxito en la lucha por la emancipación completa sin la defensa de las conquistas ya obtenidas, por modestas que éstas sean. Tanto más obligatoria, por lo tanto, es la defensa de una conquista tan colosal como la economía planificada contra la restauración de las relaciones capitalistas. Los que no son capaces de defender las viejas posiciones no podrán conquistar otras nuevas”. (Página 334 de esta edición)

 

***

 

El trabajo En Defensa del Marxismo y la polémica contra una fracción del SWP norteamericano que negaba las conquistas del estado obrero fue, quizás, la última gran batalla de Trotsky en vida, mientras la Cuarta Internacional se preparaba para entrar a combatir por la revolución socialista en la Segunda Guerra Mundial, como lo demuestra el “Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial” que presentamos en esta edición.

Este Manifiesto y el combate contra la fracción pequeñoburguesa del SWP norteamericano son dos elaboraciones simultáneas, escritas antes de que Ramón Mercader, sicario de Stalin, terminara con la vida del fundador de la Cuarta Internacional.

 

Estos trabajos son imprescindibles para las nuevas generaciones de revolucionarios en el siglo XXI. Es que, luego de entregar la conquista de los estados obreros abiertamente al sistema capitalista en 1989, el stalinismo se sobrevivió a sí mismo como burocracias sindicales, agentes de las propias burguesías imperialistas, o bien como lacayos de las burguesías nacionales, a las que sostuvieron por izquierda para que estrangulen los procesos revolucionarios del mundo colonial y semicolonial.

Pero también consideramos decisivas estas elaboraciones puesto que los renegados del trotskismo hoy, como ayer en Yalta, no dejaron piedra sobre piedra de esta batalla principista de la Cuarta Internacional. Así lo hicieron en la segunda posguerra sometiéndose y capitulando abiertamente al stalinismo, o bien, renegando de todo combate por la dictadura del proletariado y la lucha por la revolución socialista, apoyándose en el fracaso y las derrotas provocadas por las traiciones de la dirección traidora del stalinismo.

Son ellos los que volvieron a legitimar al stalinismo y darle nueva vida. Son en definitiva los que “resucitaron a Lázaro” después de que éste entregara los estados obreros en el ‘89.

 

***

 

La importancia de estos dos trabajos que presentamos también radica en que responden como si hubieran sido escritos hoy a una nueva escuela de falsificadores del marxismo, que en el siglo XXI plantean que la revolución socialista en la ex-URSS terminó de existir como tal a partir de 1933 y que ni en China, ni en Cuba, ni en Vietnam existió ninguna victoria de la revolución socialista. Ellos llaman a esas revoluciones “anticapitalistas”, denominación con la que no se sabe a qué clase y sector de clase corresponden.

Ya Trotsky destruye esta posición que no define los procesos históricos y el tipo de estado por su carácter de clase. En este libro podrá verse una respuesta a Burnham y Carter del año 1937 titulado “¿Un estado ni obrero ni burgués?” (pág 288).

Los revisionistas de hoy le dan vida a una nueva corriente burnhamista y shachtmanista. Se han empeñado en hacerle creer al proletariado que éste nunca tomó el cielo por asalto. Que la expropiación de los capitalistas, del imperialismo, de sus bancos, de todas sus empresas, tierras y hasta de sus kioscos no fueron victorias de revoluciones socialistas contra los capitalistas y sus estados, a los que destruyeron y demolieron en veinte mil pedazos, inclusive a pesar y en contra de las direcciones traidoras que lo quisieron impedir a toda costa.

Los capitalistas que vivieron en carne propia estas revoluciones, aún siguen llorando en Miami o en Taiwán o Corea del Sur por sus propiedades que les fueron expropiadas... más allá de que el capitalismo y el capital financiero internacional las hayan recuperado con creces por la entrega de la burocracia de los estados obreros.

Estamos frente a corrientes que, como Burnham y Shachtman en los ‘30, son enemigas de la defensa de las conquistas obtenidas con la toma del poder por la clase obrera. Por supuesto que opinan que las pérdidas de los estados obreros no son graves derrotas, puesto que no había nada que defender.

Otros afirman que aunque se hayan perdido todas las conquistas, estamos ante maravillosas victorias -como dice la Liga Internacional de los Trabajadores (LIT-CI)- puesto que cayó la burocracia stalinista. Estas corrientes son la otra cara de la misma moneda del revisionismo. Es que la burocracia stalinista no cayó... devino en nueva burguesía y está festejando en Mónaco, en los grandes joint ventures que tiene con el imperialismo en China, Rusia y La Habana.

 

Para los nuevos burnhmanistas y shachtmanistas de hoy, es lo mismo la Cuba liberada, su reforma agraria y su ruptura con el imperialismo, que la Cuba de Batista. Les da lo mismo la China ocupada y saqueada por Japón e Inglaterra, o como hoy entregada como maquila al imperialismo, a la China que salía del canibalismo y la hambruna expropiada al capitalismo a la salida de la Segunda Guerra Mundial.

Y esto lo dicen los mismos que hasta el ‘89 reivindicaron a los Castro, a los Tito, a los Mao como “las direcciones revolucionarias más grandes del planeta desde la muerte de Lenin”. Esto afirman los hoy enemigos del combate por la dictadura del proletariado.

Ayer, cuando caía el muro de Berlín, estaban todos colgados a los faldones del stalinismo, y hoy dicen “yo no fui”.

Como Burhnam y Shachtman, buscan aferrarse a la norma de lo que es la dictadura del proletariado. Para justificar su oportunismo, terminan sin dejar rastro de la dialéctica marxista. De repente se vuelven gente “pura”, “ortodoxa”...

En 1937, en “¿Un estado ni obrero ni burgués?”, incluido en este libro, polemizando contra Burnham y Carter Trotsky definió muy bien esta cuestión, dándole un golpe en la nariz a todos los que reniegan de la dictadura del proletariado de ayer para que jamás ésta se vuelva a poner de pie.

“Definamos un sindicato”, decía Trotsky. La norma es que éste es una organización obrera, independiente del estado y los patrones, destinada a defender el valor de la fuerza de trabajo como mercancía contra los capitalistas y sus estados, basado en la voluntad y el control de los obreros que participan en la misma. Si comparamos esta definición normativa en la realidad efectiva parecería que estamos obligados a afirmar que no existe un solo sindicato en el mundo.

El reformismo niega que existieron estados obreros en las revoluciones de la posguerra planteando que no se dieron según la norma. Es que todas las conquistas obreras -como los sindicatos, estados obreros, etc.- están sometidas a fuerzas hostiles. Justamente de ello se trata el programa de los revolucionarios en los sindicatos, en los estados obreros y en toda organización de lucha, de conquistar la norma, con su combate contra las direcciones traidoras que a cada paso buscan deformar y destruir las conquistas obreras.

Ellos se niegan a luchar contra estas fuerzas hostiles, es decir, a derrotarlas con la revolución política... ya sea en los estados obreros o en los sindicatos. Así terminan, mientras posan de puristas, conviviendo y sosteniendo por izquierda a todas las burocracias sindicales del planeta.

Hoy estas corrientes burnhamistas-shachtmanistas tienen un doble pecado original. Es que surgen después de que fuera entregada la conquista del Estado obrero en el ‘89. Son corrientes shachtmanistas tardías, es decir, vulgares demócratas, ni siquiera socialistas.

En última instancia, afirman que nunca más hay que conquistar la dictadura del proletariado. Afirman que nunca existió ninguna... salvo una que pudo haber durado algunos pocos años. Dicen que el devenir de la lucha del proletariado fue todo un gran equívoco. Le echan la culpa a la clase obrera de todas las catástrofes y no a sus propias traiciones.

 

Lo que quieren es que no queden ni huellas en la conciencia de los trabajadores de que para resolver hasta la más mínima de sus demandas, éstos han abierto -y aún lo hacen- centenares de procesos revolucionarios que embistieron contra el sistema capitalista mundial y que, en algunos pocos de ellos -y como excepción- obligaron a sus direcciones a tener que ir a donde nunca quisieron llegar.

¿Qué diríamos de un socialista que ante el ataque de los patrones a un sindicato no lo defiende porque no lo reconoce como tal porque está dirigido por una podrida burocracia sindical entregadora? No diríamos que es un luchador “antiburocrático”, sino un vulgar charlatán a cuenta de la patronal. Porque si la patronal ataca un sindicato, inclusive a la burocracia, es para destruir la conquista obrera, a su organización. Defenderíamos al sindicato incondicionalmente, luchando por derrotar a cada paso a la burocracia, que es la que realmente lo entrega.

A ese “socialista” lo llamaríamos traidor. Lo mismo que a los shachtmanistas de ayer y a los que hoy niegan que esa conquista de ese sindicato existió y que hay que volver a refundarlo y a ponerlo de pie para parar a la patronal, pero sin burócratas ni aristócratas obreros que entregan la lucha de los trabajadores.

En su obra póstuma En Defensa del Marxismo, Trotsky desenmascara tanta palabrería normativista y purista de verdaderos charlatanes antisocialistas.

 

Ellos, que hoy continúan la labor del stalinismo del siglo XX, como lo hace la “Nueva Izquierda”, los “anticapitalistas” de palabra y sirvientes de los regímenes burgueses en los hechos, hoy plantean que se debe luchar por una “democracia real” y “generosa”. Ellos siguen la norma de sus ex-jefes stalinistas, que como el castrismo entregó el estado obrero cubano al grito de “El socialismo ya no va más, ni siquiera en Cuba”. Son los que adornan por izquierda la entrega del socialismo y la revolución proletaria.

Ellos hoy plantean que no hubo revoluciones socialistas en la posguerra. Insisten en ello. Niegan el poderío del proletariado internacional, de la clase obrera china, cubana, vietnamita, coreana... que es poderosísima porque peleó junto a la clase obrera norteamericana y europea, que se negó e impidió que se formara cualquier ejército para aplastar los estados obreros.

Lo que verdaderamente vivimos en la posguerra fueron enormes procesos revolucionarios que expropiaron a los capitalistas, sostenidos en la lucha de la clase obrera internacional, y que lograron asestarle duras derrotas y abrir fisuras en el régimen de dominio imperialista a la salida de la Segunda Guerra Mundial. Este régimen de dominio estaba sostenido por el stalinismo, que le garantizaba al imperialismo que no hubiera una nueva revolución socialista victoriosa en el planeta. Esta labor contrarrevolucionaria la llevó a cabo efectivamente en centenares de revoluciones en los países imperialistas y en el planeta entero. Pero no pudo hacerlo ni en el este europeo, ni en China, ni en Cuba ni en Vietnam, pese a que lo intentó desesperadamente.

Los revolucionarios del siglo XXI que no defienden estas conquistas no saldarán cuentas con las direcciones que traicionaron esas revoluciones. Al contrario, están dispuestos a asociarse a ellas, como lo están hoy.

 

Lo que vimos entonces en la posguerra, fueron enormes triunfos revolucionarios tácticos, pero parciales. Se dieron en la periferia de la economía y política mundial. Fueron dirigidos y capitalizados por direcciones contrarrevolucionarias como el stalinismo. Y éste utilizó todo el prestigio y la autoridad conquistada por la clase obrera por esas victorias para abortar, estrangular y derrotar centenares de revoluciones en los países capitalistas centrales y también en el mundo semicolonial.

 

Es que la norma que plantea que sin dirección revolucionaria no podía triunfar la revolución proletaria se dio en todo el mundo y en casi todos los países, donde las masas entraron en ofensivas revolucionarias desde la posguerra a nuestros días.

Se dieron excepciones, que ya habían sido contempladas en el programa revolucionario bajo condiciones de crisis, crack y guerras. Es decir, condiciones en las que las masas obligaron a las direcciones contrarrevolucionarias a tener que llegar a donde jamás quisieron.

Pero estas excepciones, como ya vimos, sólo confirmaron la norma. Es que estas revoluciones, por crisis de dirección, al no extenderse la revolución mundial, terminaron siendo entregadas por la burocracia stalinista que devino en nueva clase dominante. Y esa es la regla que se cumplió inexorablemente.

 

La Cuarta Internacional ya había preparado sus cuadros y sus filas para entrar a combatir en el proceso abierto por la segunda guerra mundial en el siglo XX.

En el artículo “La URSS en Guerra”, incluido en el presente libro, Trotsky plantea: “Pero supongamos que Hitler apunta sus cañones contra el Este e invade los territorios ocupados por el Ejército Rojo. (...) Mientras con las armas en la mano asestan golpes con­tra Hitler, los bolcheviques-leninistas deberán, al mismo tiempo, hacer propaganda revolucionaria contra Stalin, preparando su derrocamiento para la próxima y, tal vez, muy cercana etapa.

Este tipo de ‘defensa de la URSS’ naturalmente diferirá, co­mo el cielo de la tierra, de la defensa oficial que ahora es lleva­da a cabo bajo el lema: ‘¡Por la patria! ¡Por Stalin!’. Nuestra defensa de la URSS se plantea bajo el lema: ‘¡Por el Socialismo! ¡Por la Revolución Mundial! ¡Contra Stalin!’”. (Página 66)

La teoría y el programa de la Cuarta Internacional pasaron la prueba de la historia, mientras que no lo hicieron los que hablaban en su nombre y traicionaron su programa.

 

El deber de los revolucionarios, hoy más que nunca, es explicar a la nueva generación de obreros que la clase obrera, aún en las peores condiciones, con direcciones agentes del enemigo, pudo parar mil veces las ofensivas del imperialismo e inclusive expropiarle un tercio del planeta.

Hubo y sobraron condiciones para recuperar esas conquistas para la revolución mundial. Si ello no se pudo hacer es porque el partido de la revolución socialista mundial, la Cuarta Internacional, lejos de preparar esas tareas y encabezar ese combate, se pasó con sus fuerzas y sus limpias banderas a defender al stalinismo durante todo el período de la segunda posguerra, inclusive, para relegitimarlo luego de que éste deviniera en una nueva clase explotadora, esclavista, en los ex estados obreros.

Como ya vimos, cuando los Estados obreros caían en el ‘89, en occidente los liquidadores de la Cuarta Internacional estaban abrazados al stalinismo sosteniéndolo. No lo pueden ocultar. Fueron castristas, maoístas, titoístas... Se negaron -como lo hizo el pablismo y el mandelismo- a defender las heroicas revoluciones políticas de Alemania del este del ‘53, la polaca del ‘82, la checoslovaca del ‘68, la húngara del ‘56... cuando dejaron aislada la sección soviética de la Cuarta Internacional... cuando decían que “no le querían hacer el juego al imperialismo” y lo único que hacían era sostener a su agente: el stalinismo, el encargado de aplastar y controlar a las masas donde éstas se tomaron el poder.

Éstos son los llamados hoy “anticapitalistas”, enemigos mortales de toda lucha por la revolución proletaria. Inclusive a velas desplegadas retiraron de sus programas la lucha por la dictadura del proletariado. Otros, como el SWP inglés o el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) de Argentina ensayan, en una verdadera escuela de falsificaciones, supuestas convergencias entre el combate del trotskismo en los ‘30 y Gramsci, el más grande defensor -junto a Bujarin y Stalin- de la pseudotería del “socialismo en un solo país” y enemigo declarado de la revolución permanente y el combate por la revolución socialista internacional. Una verdadera falsificación.

En Yalta, se hacían castristas, maoístas, etc... Todos estos stalinistas se pasaron ya abiertamente al bando de la burguesía. Ahora, estos “trotskistas” buscan entre los stalinistas muertos a alguno “progresivo” que permita liquidar y licuar el programa del trotskismo para que las nuevas generaciones de revolucionarios se alejen lo más posible del programa de la Cuarta Internacional.

 

***

 

Presentamos entonces el trabajo de Trotsky En Defensa del Marxismo y esta gran batalla que dio contra una corriente liquidacionista del marxismo, pero al interior de la Cuarta Internacional. Presentamos también el “Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial”, que junto al Programa de Transición, son los programas más acabados que dejó como legado la Cuarta Internacional antes del asesinato de Trotsky. Éstos concentran todo el combate del trotskismo, es decir, la continuidad del bolchevismo desde la muerte de Lenin.

Afirmamos que la teoría de la Revolución Permanente y el programa del marxismo revolucionario del siglo XX pasaron la prueba de la historia y los trotskistas no. Aunque lo quieran callar, silenciar y guardar bajo siete llaves, este trabajo, En Defensa del Marxismo, es una verdadera declaración de guerra contra los liquidadores del marxismo de ayer y de hoy.

 

***

 

En la época imperialista, de crisis y bancarrota definitiva del sistema capitalista mundial, éste se sobrevive con guerras, parasitismo y comprando y corrompiendo a las capas altas y a las burocracias obreras de todo el planeta. Presentamos esta obra en momentos en que Trump asume la presidencia en EEUU. Como éste ha dicho, no hay una potencia imperialista que domine el planeta sin ganar guerras. Arrojó ya sus bombas nuevamente en Afganistán y Siria y muestra sus cañoneras en el Pacífico, obligando a China a contener a su aliado coreano. Como decía Lenin, la guerra es el factor económico más importante de nuestra época.

 

La Cuarta Internacional se preparó como un cuerpo compacto para pasar la prueba de la guerra y la posguerra. Como plantea el “Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial”, el movimiento revolucionario se preparaba no para una sola revolución, sino para todo un período de crisis, guerras y revoluciones. La tragedia fue que a la muerte de Trotsky, los partidos nacionales y los dirigentes internacionales de la Cuarta Internacional desertaron de la tarea de mantener en pie un estado mayor internacional. Décadas de adaptaciones al stalinismo y a demás direcciones traidoras terminó en una degeneración de nuestro movimiento, que fue acompañando la entrega de los estados obreros.

 

Con el agudizamiento de la crisis capitalista mundial abierta en el 2008 que hoy ha estallado abiertamente en los BRICS; con las potencias imperialistas disputándose un mercado mundial en crisis y los nuevos negocios que abre la semicolonización de China y Rusia; con victorias contrarrevolucionarias parciales del imperialismo contra las masas como en Ucrania, Siria y todo Medio Oriente; con las masas contenidas por las direcciones traidoras en Europa; con las revoluciones ya desviadas en América Latina; y mientras se abre un momento reaccionario en la coyuntura mundial, se actualiza más que nunca la alternativa que plantea este trabajo, En Defensa del Marxismo: socialismo o barbarie.

 

Trump ya ha anunciado que la expansión del mercado interno norteamericano no es más que duplicar el presupuesto de guerra y de mantenimiento de sus fuerzas armadas en el planeta.

La clase obrera no ha dado aún sus últimas batallas, ni siquiera las decisivas, antes de que una tercera guerra mundial interimperialista esté puesta a la orden del día. Pero crueles y duras derrotas, como la de la revolución siria, de Egipto y de todo el Magreb y Medio Oriente, abonan el camino a una nueva guerra, si la revolución proletaria no la detiene.

Sin embargo insistimos, las últimas batallas de la clase obrera mundial aún no han sido dadas. La clase obrera norteamericana no abandona las calles. Los colosos de América Latina: el proletariado brasileño y mexicano están en posición de ofensiva, como en África del Sur. Los trabajadores y el pueblo explotado ruso comienzan lentamente a ponerse de pie y buscan un camino a la lucha. Pese a enormes traiciones y crueles derrotas parciales, la clase obrera europea conserva aún energías para dar enormes batallas. El revisionismo en el marxismo prepara cuadros para impulsar una política reformista de sometimiento del proletariado a la burguesía.

El marxismo revolucionario, combatiendo al revisionismo, se prepara para profundizar la lucha y el combate para la victoria de la dictadura del proletariado a nivel internacional y centralmente en los países imperialistas, donde se definirán, en última instancia, las batallas decisivas de la revolución mundial.

 

La actualidad del programa del trotskismo llama realmente la atención bajo las condiciones actuales. Es que sólo con su método, el del materialismo histórico y dialéctico se puede dar respuesta a los nuevos fenómenos, como fuera ayer la degeneración de la URSS o el surgimiento de nuevos estados obreros bajo condiciones de “anormalidad”.

El revisionismo destruye esta posibilidad al destruir los fundamentos del marxismo. Destruye la posibilidad de dar respuesta desde el marxismo revolucionario a nuevos procesos que surgen de la lucha de clases viva. Es que destruyen la premisa del marxismo en esta época imperialista, donde la revolución proletaria es una tarea inmediata, y la crisis de dirección es el factor determinante que define los procesos históricos en la lucha de clases.

 

La descomposición y corrupción de la dirección del proletariado, fueron definidas por Trotsky y la Cuarta Internacional en el Programa de Transición de la siguiente manera: “Las condiciones objetivas para la revolución proletaria no solo están maduras, sino que han empezado a descomponerse. Sin la revolución socialista en un próximo período histórico, la civilización humana está bajo amenaza de ser arrasada por una catástrofe. Todo depende del proletariado, es decir, en primer lugar de su vanguardia revolucionaria. La crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis histórica de la dirección revolucionaria”.

Es que el revisionismo en el marxismo es un intento de tergiversar las bases teóricas del socialismo científico para así dar sustento, bajo una pretendida envoltura “socialista”,  a la descomposición y cooptación contrarrevolucionaria de la aristocracia y burocracia obrera, por el gran capital.

De aquí que, para el socialismo revolucionario de nuestros días, no existe posibilidad alguna de combatir al reformismo sin una lucha teórica y estratégica abierta contra el revisionismo. Por ello, sin dudas, En defensa del marxismo constituye un libro fundamental e ineludible para todo joven y obrero revolucionario, una verdadera escuela de combate contra el revisionismo, una escuela de dialéctica y del socialismo científico, una gran lección de lucha fraccional.

 

En la Presentación que ofrecemos a este volumen de En Defensa del Marxismo, titulada “1940: una discusión…” el lector encontrará una breve descripción y guía del contenido de esta obra fundamental de la última gran batalla del camarada Trotsky y del ala izquierda de la Cuarta Internacional contra una fracción liquidacionista del marxismo en sus filas.

 

Por otro lado, presentamos un trabajo sobre el carácter y la definición de la Segunda Guerra Mundial  precediendo al “Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial” a modo de introducción. La misma es parte de una obra que será editada próximamente por la Editorial Rudolph Klement sobre la Cuarta Internacional y la Guerra.

 

Las diferencias en la lucha teórica y programática, luego se expresan en las trincheras entre explotados y explotadores, en las fuerzas sociales en pugna en la lucha de clases. En ellas viven, por un lado la fuerza del reformismo y por el otro las fuerzas de la revolución.

 

Va entonces este aporte, con las introducciones mencionadas a los trabajos que aquí presentamos.

 

 

Carlos Munzer

Editorial Socialista Rudolph Klement

rudolphklement@yahoo.com.ar

Tel: (011) 15-4072-4500